
Yo nunca fui buena dando besos de despedida, y vos no aprendiste a tejer mentiras para decirme que ibas a estar bien.
Y me costó atar tus agujetas en este corazón tan oprimido por tu sueño, se te hizo un nudo en la garganta al verme feliz armar mis maletas.
Me guardé todo este amor y unas palabras de despedida en el bolsillo, me escondí el color de tus ojos esa mañana en el río, tu cara de sorprendido cuando te regalé dos pasajes a Lisboa. Coseché tu perfume (ese que ponías en mis buzos y mis peluches para recordarte) y te miré fijo.
Me estrechaste en ese abrazo de cinco minutos, ese en el que has aprendido a entrecortar mi respiración y hacerme saltar el corazón.
-Que te voy a amar siempre, me dijiste.














