miércoles, 10 de marzo de 2010

-Ya no quiero estar más sola, confesó.
Tenía las lágrimas amenazándola de muerte y el mundo desintegrándose al mismo tiempo en que se desintegraba esa nube con gotas de agua.
-Paso todo el día sola, no tengo con quien conversar y hasta el café se ha vuelto más amargo que de costumbre; me duele el cuerpo al levantarme y se debilita mi sonrisa a medida que el reloj marca el tiempo.
Hablaba con toda la sinceridad del mundo, sin ninguna especie de tapujos le contaba a su psicólogo.
-No hay tiempos felices últimamente, todo está arriba y a los cinco minutos se cae; o deja de agradarme. Y está esa necesidad, esa necesidad que me lleva a la obsesión y a la locura; esa necesidad que se ha vuelto adictiva desde el maldito día en que lo vi por primera vez.
En cada confesión, se le iba un poco el alma.
-Ya no quiero estar más sola, y sin embargo, no puedo dejar entrar a nadie más.

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